UN SUCESO ANUNCIADO EN LA HOZ DEL HUÉCAR

Antonio Rodríguez Saiz,  junio 2020


Un paseo por las hoces de la ciudad de Cuenca es siempre muy agradable y gratificante. Causa admiración al contemplar y disfrutar, principalmente, de la naturaleza en todo su esplendor pero, antes de entrar en el tema que me ocupa, creo acertado recordar esta definición que hace el canónigo y maestrescuela de la catedral de conquense, Sebastián de Covarrubias en su famoso “Tesoro de la Lengua Castellana o Española (1611) donde dice que “llamamos hoces unas quebradas, angostas y hondas que de una parte y de otra tienen montaña y por baxo corre algún río o arroyo, como en Cuenca las hoces del Júcar y Huécar, por ser como gargantas, por los cuales el aire corre acanalado y recogido”. También define al hocino, así : “es el huertecillo que está en las faldas de la hoz”.

Al hablar de hocinos es preciso recordar con agrado el del poeta conquense Federico Muelas, antes propiedad del académico “enconquensado” Martínez Kleiser y mucho tiempo antes, nos remontamos varios siglos, su dueño era un canónigo de nombre, Diego Manrique. El escritor, durante años, supo hacer un foco cultural de gran proyección y albergue de importantes personajes de las artes y las letras llegados a Cuenca por invitación suya, (en la actualidad el hocino, lamentablemente, es una total ruina).

   Mi relato va dirigido al suceso ocurrido en otro hocino de la Hoz del Huécar, cuya lastimosa destrucción puede verse en todo lo alto, conocido por el “Hocino del Conde de Toreno”. El VII conde y Grande de España lo había heredado de su madre María Dominga Ruiz de Saravia y Dávila (natural de Cuenca 1765) igual que la casa-palacio de la calle de San Pedro que a mediados de los años 50 del siglo pasado fue propiedad del escritor César González Ruano y después de los pintores Gerardo Rueda y Antonio Saura.

A finales del mes de octubre del año 1930 la prensa conquense (La Opinión, 29.10.1930) en una de sus columnas de primera página titulaba con esta frase premonitoria: “No es voz de alerta, sino de previsión”. Recogía que en la finca “hocino del Conde de Toreno” se podía observar que “existe una mole de piedra colosal e imponente por su magnitud, que se ha separado del todo, que formaba la rocosa pared que limita la hoz dejando ver una grieta amplia y profunda, quedando sostenida por la unión que en su base aún tiene con la masa de la montaña de que forma parte”.  

Siempre hay personas preocupadas o, al menos, curiosas e interesadas por el acontecer de la ciudad y alrededores. Uno de ellos, en su observación se había dado cuenta que en el periodo de tiempo de un año la desviación de la roca había sufrido una separación de varios centímetros. La erosión constante por fuerza de aguas y otros fenómenos atmosféricos desgastaba y consumía la base rocosa, invalidando con lentitud pero inexorablemente el contrapeso o equilibrio que la sustentaba y la fuerza de atracción que la mantenía unida.

Con estos indicios el observador y ciudadano conquense, junto con el cronista, predecían y anunciaban que sin remedio se produciría un derrumbamiento. ¿Qué medidas preventivas se tomarían? Deseaban, obviamente, que no hubiese daños personales. No se tuvo en cuenta esa advertencia.

Irremediablemente, meses más tarde, el gran bloque de piedra, alrededor de 1500 m³ se desprendería desde una altura de 175 metros, sin que se hubiese tenido ningún tipo de precauciones. Era el 18 de marzo de 1931, alrededor de las seis y media de la mañana cuando tuvo lugar el lamentable y desconsolador suceso, destrozando parte del hocino del conde de Toreno. Ostentaba en aquel tiempo este título (IX) Álvaro Queipo del Llano y Fernández de Córdoba.

Los primeros en conocer la catástrofe fueron los vecinos de Palomera, localidad cercana a la capital, que diariamente venían a ésta, con sus cargas de leña y leche para su venta.

Gracias a que ocurrió el derrumbamiento en ese mes y hora no hubo desgracias personales. Sí daños materiales en la casa de verano del entonces director de la Escuela Normal y profesor de pedagogía, Luis Bonilla Huguet ubicada en el fondo de la hoz del Huécar. El profesor Bonilla además de su dedicación a la formación de futuros maestros, tuvo cargos políticos en la ciudad, entre otros, alcalde (durante unos meses) nombrado con motivo de la promulgación del Estatuto Municipal (1924); se jubiló de su labor docente en Salamanca (1950), al cumplir la edad reglamentaria.

De su vivienda solamente se salvó una pequeña parte de pared con ventana de la fachada principal. También quedó afectada la casa del rentero, que tenía en arrendamiento la huerta que cuidaba y cultivaba; su cosecha quedó arrasada y los animales domésticos muertos, causando un grave quebranto a su pequeña economía.

El daño que más afectó a los conquenses con el desprendimiento de la roca fue la rotura y destrucción, en parte, del acueducto con destrozos importantes en la cañería por donde circulaba el agua que surtía a la capital, en medio centenar de metros aproximadamente, especialmente, al taponarse el álveo o cauce de la corriente procedente del paraje de la Cueva del Fraile, situado a una distancia de algo más de 5 kms.

    Quiero recordar que esta traída de agua desde la Cueva del Fraile (entonces el paraje se llamaba “Hocino de la Parra”) a la ciudad fue realizada entre los años 1531 a 1533 por el maestro fontanero, Juan Vélez. Importante obra sobre trazas del competente maestro de cantería, Juan Torollo, que resultó de gran utilidad y muy provechosa para la capital, aunque no exenta de dificultad por el trazado de su recorrido, incluso en su aspecto sanitario.

Según datos tomados del reconocido ingeniero de minas, Daniel de Cortázar, en su “Descripción, física, geológica y agrológica de la provincia de Cuenca” (1875) indicaba que el manantial arrojaba más de 200 litros de agua por segundo. Su temperatura media era de 11º en invierno y 13º en verano, con su total de 0 gr 28 de impurezas en litro de agua. La formación geológica donde brota pertenece al periodo cretácico.

Volviendo al suceso ocurrido en 1931 las crónicas periodísticas, daban cuenta de la celeridad y rapidez en el arreglo de los desperfectos y destrozos ocasionados por el desprendimiento rocoso dirigido por el aparejador municipal D. Agustín Carretero Raga quien se apresuró a visitar el lugar del siniestro en compañía del primer teniente de alcalde (en funciones de alcalde) D. Félix Saiz Rodrigo para comenzar de inmediato las obras de restauración donde participaron 60 obreros del Ayuntamiento durante tres días; mientras la población, Cuenca tenía 16404 habitantes según el censo del padrón municipal, estuvo sin agua procedente de la Cueva del Fraile, solucionando el problema acudiendo, especialmente las mujeres, a las fuentes y manantiales de los alrededores, con todo tipo de envases y recipientes.

Muy diligentes estuvieron los regidores municipales a tenor del acuerdo tomado el 20 de abril cuando la Comisión Municipal Permanente, bajo la presidencia del alcalde, Juan Ramón de Luz, decide que constase en acta un voto de gracias para D. Félix Saiz y D. Agustín Carretero “por el celo y actividad desplegada para corregir los desperfectos ocasionados en el acueducto por el bloque de roca desprendido en el “Hocino de Toreno” evitando así las ciertas molestias que el vecindario debía de sufrir al tener que carecer de agua potable para su consumo”.

En aquellas fechas los dirigentes de Cuenca, estaban ocupados y preocupados, igual que en el resto de España, con reuniones políticas para la elaboración de candidaturas de cara a las elecciones municipales que se celebrarían el cercano 12 de abril de 1931 y que resultaron ser de gran importancia para España. Por lo que respecta a la capital estos fueron los resultados: Bloque republicano socialista 11 concejales y monárquicos 10, una apretada victoria a favor de la coalición por 36 votos de diferencia.

Mientras los ciudadanos conquenses continuaban preocupados y a la espera que se asentase el terreno afectado por el accidente y haciendo abastecimiento de agua por si se producción nuevos derrumbamientos.

Suceso que no ocurriría entonces pero, sí desgraciadamente, se volvería a producir exactamente cinco años después (23-3-1936) en el mismo lugar y con parecidos efectos devastadores, a causa de un temporal de lluvia y nieve de varios días. Enormes bloques de piedra desprendidas en el ya citado terreno del hocino del conde de Toreno, destrozando, nuevamente el acueducto y dejando a la población sin agua potable durante dos días, tiempo que duraron las obras de reparación dirigidas por el arquitecto municipal, Fernando Alcántara Montalvo.

Hubo coordinación entre Ayuntamiento e Inspección de Sanidad (encargada de la salud y prevenir enfermedades) para solucionar el grave problema de la mejor forma posible, destacando el abastecimiento a escuelas, asilos y otros con tanques de agua.

Esta vez los daños no fueron sólo, ese nefasto y triste 23 de marzo, en la capital, donde ese día y el anterior hubo nevadas sino que igualmente sucedería en la comarca de la Sierra, con lluvias torrenciales; enorme perjuicio en los cultivos y caminos.

No se circunscribió únicamente a Cuenca, sino que en otros lugares de España se sufrió este temporal que tuvo amplió eco en la prensa nacional, Algeciras, Alicante, Sevilla, Zamora… incluso en Estados Unidos (Ohio, Maine, Connecticut). Sin duda una fecha para olvidar.

Por parte de la Corporación Municipal presidida por el alcalde, Alfredo García Ramos se solicitó al Gobierno de España ayuda para poner remedio al abastecimiento de agua a los residentes en Cuenca porque la situación económica del Ayuntamiento era preocupante, los gastos excedían a los ingresos, principalmente, por la reducción de estos derivados de las subastas de maderas, pertenecientes a los montes propios.

No era menor el mal entendimiento de los ediles entre ellos, en aquellos meses.

Si el lector pasea por la hoz del Huécar, podrá observar en el lugar referido, las señales de los desprendimientos de las rocas, incluidos grandes piedras que permanecen en el lugar que aquí se describe, en parte cubiertos de vegetación.

Triste imagen, hoy, del hocino del Conde de Toreno, vigía agonizante desde su atalaya del paisaje donde se dice que José de Espronceda el poeta más representativo del primer romanticismo español pasó unos días de descanso. Lugar ideal para recordar los versos del poeta extremeño:

  “Silencio plácida calma

 Algún murmullo se juntan

 Tal vez, haciendo más grato

 La faz de la noche augusta”