UN MÉDICO PARA CUENCA, ENTRE LA SORPRESA Y EL RESPETO

 Antonio Rodriguez Saiz

      “La justicia es la voluntad constante y perpetua de asignar a cada persona lo que le corresponde “(Ulpiano)

 

Aquellos que somos “amigos de vejeces e historias” como diría el ilustre catedrático y académico, Ángel González Palencia, nacido en la ilustre villa de Horcajo de Santiago nos encontramos, a veces, datos en archivos y bibliotecas que no eran motivo de búsqueda en ese momento pero que son un feliz hallazgo. Otras en sentido contrario simples anécdotas, o algo mejor, según se interprete.

Así sucedió, en cierta ocasión, cuando por casualidad fui a dar en el archivo municipal de Cuenca con el procedimiento verificado por los capitulares regidores de la ciudad para el nombramiento de un médico motivado por el fallecimiento  de su titular durante catorce años, Nicolás Carreras, sueldo a percibir  y con  la posibilidad de añadir un médico más y cirujano e igualmente "para nombrar comisarios que tengan la correspondencia y solicitud de los que se hubiera de llegar” para la elección que resultaron ser , Francisco Castillo y Jaraba, gentilhombre de Boca de Su Majestad (antiguo cargo de la Corte de España) y Alonso de Pedraza y Pacheco, caballero de la orden de Calatrava.

Tenía lugar la sesión del Concejo el mes de octubre de 1728 bajo la presidencia de Juan Francisco de Luján y Arce, corregidor, justicia mayor y superintendente de la ciudad de Cuenca y su partido desde el año anterior, con asistencia de Juan de Cañizares Luna Y Valenzuela, teniente de guarda mayor, regidores y Cristóbal de Torrecilla, procurador síndico general del Común, defensor de los vecinos en el Concejo.

Debía ser, sin duda, muy deseada la plaza de médico titular de la pequeña ciudad que no llegaba a los siete mil habitantes porque para ocupar la vacante del médico fallecido, con sueldo de 500 ducados equivalente a 5.500 reales de vellón presentándose optando al nombramiento, trece médicos titulados que ejercían en diversas poblaciones: Gascueña, La Peraleja, Huete, Villar de Olalla, Carrascosa del Campo, Ademuz, El Toboso, Colmenar de Oreja, Villatobas, Cuenca (ciudad) y algún sitio más.

Todos los aspirantes eran profesionales con titulación académica y cualificados para procurar la salud y bienestar del conjunto de los vecinos. Hago esta observación porque en el siglo XVIII se acusaba escasez de médicos titulados; era entonces y siempre una profesión meritoria y necesaria pero que en aquel tiempo lejano se veía perturbada de forma fraudulenta y engañosa por personas sin reconocimiento oficial conocidos, principalmente, por curanderos, saludadores, yerberos, sanadores, ensalmadores, santiguadores (o rezanderos), etc., algunos de cierta fama, sin olvidar que también se ejercía   la brujería y superstición.

Para dar conocimiento evidente, seguro y claro de lo afirmado sobre el interés producido por la vacante, nada mejor que exponer y señalar, aunque sea brevemente, algunas de las personas que recomendaron y trataron de influir en el nombramiento dirigiéndose por escrito al corregidor, deseos que fueron recogidos en el Libro de Capitulares (1728).

La primera de las recomendaciones recibidas en el Concejo fue, por medio de carta´, del obispo de la diócesis de Cuenca Juan de Lancaster y Noroña, duque de Abrantes y Linares, grande de España de primera clase que estaba fechada en la vecina localidad de Jábaga (donde descansaba) y lo hacía en favor de su médico, Joseph Garzaran (n. Teruel) con residencia en Cuenca desde el 27 de mayo de 1727 y que había ejercido anteriormente en Portilla y Zarzuela .

La respuesta fue que “acordó la Ciudad que se responda a su excelencia con la maior estimación como la Ciudad acostumbra; queda en inteligencia delo que se interesa su excelencia en que a su Medico sele nombre por titular de la Ciudad en la presente Bacante en los términos que su excelencia haze expresion para atenderla en lo que penda de su arbitrio como corresponde a tan elevada Recomendación”

En igual sentido, para otro aspirante, se interesaba la duquesa de Nájera y marquesa de Cañete, Ana Micaela Guevara Manrique de Velasco.

Otra de las recomendaciones recibidas fue del conde de Campo Rey.

Si esta relación no fuera suficiente a ellas, se añade la recomendación por carta fechada en Roma del cardenal Bentibollo en favor del médico solicitante, Bernardo de Castillo.

Ante la concurrencia de personajes importantes de la iglesia y la nobleza en apoyo de algunos aspirantes es fácil inferir y deducir que las opiniones de los lectores que hasta aquí han tenido la amabilidad de seguir este relato sean diversas y variadas, aunque sí puedo decir que ninguno de los recomendados por tan elevados personajes fue elegido. Sería nombrado Juan Palero de Torre, médico titular por tres años con sueldo igual al anterior que ejercía su profesión  en  la villa de Carrascosa del Campo,  y antes en  los  partidos de Huete  y  la ciudad de  Cuenca.

Así se adjudicaba la vacante del médico titular en la Muy Noble y Leal Ciudad entre la sorpresa por el resultado y el respeto del Concejo que no había cedido ni sucumbido a lo solicitado por tan ilustres personajes, aplicando el principio de la justicia como equidad.

Algo más allá de lo anecdótico en este relato me llama la atención, motivo y razón para escribir estas líneas que no me parecen intrascendentes en cuanto al hecho y que después de dos siglos transcurridos pueden servir, al menos para reflexionar sobre ciertos actos y comportamientos.

Creo que buena parte de la decisión adoptada pudo ser producto del conjunto de cualidades y personalidad del corregidor, Juan Francisco de Luján que había desempeñado el mismo cargo en Plasencia donde no le agradó su estancias en tierras extremeñas al contrario que en Cuenca desde su llegada en 1727. Aquí demostró dedicación y buen hacer en su gestión siendo ello la consecuencia que al término de su mandato (tres años) los capitulares regidores solicitaron que continuase en el cargo otros tres años y así fue aceptado, desempeñando después otros empleos y cargos, el último de ellos corregidor  e intendente de la villa de Madrid donde falleció y una calle recuerda su nombre.

Aquel año de 1728 dejó, también, algunos recuerdos no gratos para Cuenca. Se cerró definitivamente la Casa de la Moneda (junto al río Júcar) que había sido de gran importancia en el pasado pues en Castilla llegó a ser una de las siete principales.

Se clausuraron diez telares ese año de los sesenta y seis que había entre otras causas, según los historiadores, por la escasa calidad de los tejidos de lana impermeabilizada (barraganes) que en ellos se fabricaban.

En septiembre hubo en la ciudad una gran tormenta de granizo que produjo la obstrucción de los conductos para la circulación del agua e impidiendo su salida.

Junto a estos desagradables sucesos puede recordarse que hubo un festejo taurino en la Plaza Mayor, no previsto, por el casamiento ajustado del príncipe de Asturias, que reinaría con el nombre de Fernando VI  y de la infanta de Castilla, ambos hijos del rey Felipe V, conservándose el  tablado y andamios para posteriormente ( 6 de septiembre) celebrar otra corrida de toros “en zelebracion de la fiesta de la conmemoración de nuestro Patron San Julian”

 

                        Febrero 2023