LA TORRE DE MANGANA EN LA ACTUALIDAD

Antonio Rodríguez Saiz - Julio 2018

Ya el título indica, o eso pretendo, dar a entender que la Torre de Mangana que vemos no es, ni mucho menos, la que se ha venido contemplando a través del tiempo. Puede haber alguien – aunque es difícil – que tenga un recuerdo de tres formas distintas de ella, desde el primer cuarto del siglo XX hasta el momento presente.

Sobre la Torre de Mangana se ha escrito suficiente en prosa y verso, en muchos casos, no exentos de fantasía y falta de rigor histórico. No fue máquina de guerra ni tuvo ningún uso militar.

El primer documento grafico que conocemos de la emblemática Torre de Mangana, de ello hay escritores que lo han dicho, se debe gracias al dibujo “La Vista de Cuenca desde el Oeste en 1565” obra del pintor y dibujante flamenco Antón van der Wyngaerde, una de las dos que realizó de la ciudad de Cuenca, seis años antes de su fallecimiento en Madrid, aunque como dice el profesor Ibáñez Martínez falta la veleta y la cruz que, está documentado, ya tenía desde hace más de treinta años, obra del rejero francés, Esteban Lemosín quien, nos dejó en la catedral de Cuenca muestras importantes de su arte. Según el citado profesor, Mangana no se construye para colocar el reloj de la ciudad sino, por el contrario, se aprovecha una antigua que formaba parte del desaparecido Alcázar en el siglo XVI.

Juan de Llanes y Massa natural de Palermo y residente en Cuenca por su actividad de Administrador de la Renta del Tabaco de Cuenca y su Partido nos dejó dos buenas acuarelas, adquiridas por el Ayuntamiento en 1955 siendo alcalde Jesús Moya Gómez, que permiten ver la Torre de Mangana donde destaca, junto a edificios religiosos y civiles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 La Torre existente hasta los años veinte del pasado siglo era de nula calidad artística. Había sido remodelada en el tercer cuarto del siglo XIX y estaba coronada, según se aprecia en la fotografía, por un chapitel en su torre cuadrada y una campana.

Un cambio radical sufriría la Torre de Mangana debido al proyecto del arquitecto municipal, Fernando Alcántara Montalvo, cuatro años después de acabada la carrera, al darle una apariencia neomudéjar, desaparición del chapitel e instalando el cuerpo de campanas completado con una cúpula. En su parte superior se podía observar el almenaje, lugar destinado al almuédano para llamar a oración a sus fieles.

Sus cuatro caras de la torre fueron modificadas profundamente, con una decoración principalmente rosácea con motivos islámicos dando la sensación de un alminar.

El aspecto de la Torre de Mangana al observarla ofrecía una visión desafortunada, nada agraciada, en total disonancia con el entorno, desde donde se contempla, también en la actualidad un gran espacio urbano de la ciudad y accesos a ella por diversos puntos.

Según el profesor Ibáñez se pensaba por parte del arquitecto Alcántara realizar un proyecto global que llevaba consigo la demolición de ruinas y convertir la meseta que se consiguiese en un jardín alrededor de la Torre de Mangana, idea que ya se había pensado en el siglo XIX.

El poeta conquense Federico Muelas le dedicaría esta poesía en su libro “Cuenca en volandas”, con prologo de Gerardo Diego y editado por la Diputación Provincial de Cuenca (año de MCMLXVIII)

 

Torre de Mangana

(Desde seis lustros atrás la Torre de Mangana

Se emboza en un raro atuendo mudéjar)

Como fuiste siempre

te quiero, Mangana,

pedestal escueto,

prisma de argamasa

para el bronce puro

que las horas canta.

 

Ni argucia guerrera

ni torre eclesiástica,

cívica, sencilla-

mente proletaria,

vestida de yeso

pardo, en gris de plata.

Yo no sé si mora;

no sé si cristiana.

Pido que te arranquen

el traje de mascara

que te hace mudéjar

porque sí.

 

Reclama

tu veste sencilla

de doncella casta.

Báñate en el rio,

en las verdes agua

que a tus pies  el Júcar,

absorto, remansa.

 

Blanca te queremos.

Nunca disfrazada.

 

Llegado hasta aquí advierto que me distanciado del objetivo: escribir sobre la Torre de Mangana actual, pues de las anteriores se ha escrito bastante y de ésta aunque más cercana en el tiempo mucho menos; aunque pienso que no está de más algún pequeño recordatorio.

Vayamos pues, a ello. Por aproximar una fecha, el reloj de la Torre de Mangana había quedado mudo y callado definitivamente en el verano del año 1970. Uno de los relojes se había parado hacía tiempo. El otro, aquel que miraba a la ciudad moderna, sólo conservaba una manilla. Las campanas estaban en silencio.

Esta Torre de Mangana, que hoy se ve, tiene sus inicios el 11 de noviembre de 1970 cuando la Dirección General de Arquitectura y Técnica de la Construcción decide la contratación directa de las obras de “Restauración y Reforma de la Torre de Mangana en Cuenca”, por un importe de 1.373.796,35 pesetas. Después saldría a concurso el proyecto para pavimentación y reforma de los acceso a la Torre de Mangana desde la Anteplaza (inicio de la calle Alfonso VIII  y Plaza de la Merced (rincón notable de Cuenca, con tres interesantes e históricos edificios).

El autor del proyecto de la Torre de Mangana que ahora contemplamos fue, Víctor Caballero Ungria, arquitecto colegiado en Madrid desde 1957 al servicio de la Dirección General antedicha, creada en 1968; tenía principalmente, entre otros fines, la restauración y mantenimiento de monumentos y lugares históricos.

Cuando el arquitecto Caballero hizo este proyecto ya había redactados otros de importantes edificios del rico patrimonio español y en esta labor meritoria permanecería a lo largo de su dilatada carrera profesional.

En la memoria presentada por Caballero Ungria se resalta “la absoluta necesidad de suprimir el pastiche árabe y dignificar una torre que sin ser monumento artístico de primer orden tiene visibilidad desde muchos puntos de la ciudad”.

En su trabajo, consideró razones esenciales, para elaborar el proyecto que no se podía hacer “una restauración en el sentido literal de la palabra ya que no existen datos de cómo fue en su origen”; ello llevaba por consecuencia una detenida acción que pasaba por lo siguiente y así se hizo.

  • Picar la superficie de las cuatro paredes de la Torre de Mangana, es decir, todo el pastiche, así igualmente lo calificaba el arquitecto, Caballero Ungria y otros, para que se pudiese ver toda la fabrica oculta de sillería en sus esquinas y mampostería original, con el fin de ser respetada.
  • Para su parte superior se fundamentaría, ese era el deseo, en otras formas propias de la provincia de Cuenca.
  • La salida a la terraza sería a través de una pequeña torre o garitón, situando en el vértice una veleta para señalar la dirección del viento, incorporando a ella la punta del pararrayos.
  • Reparación y acondicionamiento de la escalera interior (8 plantas), cerca de cien peldaños hasta llegar a la terraza.
  • El acceso a la torre de 28 metros de altura por una puerta, situada en una de sus caras, algo elevada del suelo de la plaza. Sobre ella se aprecian cuatro ventanas alargadas y estrechas, llamadas saeteras y en la parte superior una más ancha enmarcada en sillería.

Se eliminó el reloj existente, parece que su maquinaria inutilizada aun se conserva en la torre, debido a que el arreglo y el montaje serian de un precio superior a la adquisición de uno nuevo. No era, se dijo entonces, una cosa antigua sino vieja.

El precio del reloj instalado, que aún perdura, fue de 103.700 pesetas, costeado por la Dirección General. Su mecanismo es simple, eléctrico y automático, en sustitución de las campanas, con una carga de marcha de 12 horas, por si sucediese un apagón en la ciudad o en la zona donde está situada la Torre de Mangana, que le pudiese afectar.

Tiene el reloj dos esferas en sus caras opuestas, con iluminación y numeración romana hecha de hierro forjado.

En su momento se hicieron pruebas en el conjunto de mecanismos y piezas para su correcto funcionamiento sobre los trabajos de sonería efectuados por Organería  Española S.A, empresa guipuzcoana de Azpeitia que habían instalado un carillón eléctrico, instrumento de percusión, para interpretar compases de la “Serranilla”, melodía de principios del siglo XVIII típica de la Serranía Conquense y alguna influencia de la Mancha Alta, de fácil adaptación a juicio de los expertos por su ritmo movido y gracioso con una cierta cadencia. Fue encontrada en el Archivo Municipal de Cuenca.

Este instrumento de percusión, según acuerdo plenario del ayuntamiento (17-1-1972) fue comprado por 216.000 pesetas.

Como suele suceder, su instalación, tuvo sus partidarios a favor y en contra de su instalación. Una voz tan autorizada en aquel tiempo, la del beneficiado y organista de la Catedral Basílica, Miguel Martínez Millán se pronunció sobre ello en entrevista publicada en el diario conquense afirmando que “tiene un ritmo y aire verdaderamente de nuestra tierra” y le pareció acertada esta elección.

Se decidió que la sonería de la “Serranilla” se distribuyese en cuatro partes: en los cuartos de hora un fragmento; para el toque de las medias horas, este fragmento seria aumentado; en los tres cuartos, lo anterior mas otra parte y al toque de las horas, se escucharía la melodía completa.

Se dispuso que la sonería se interrumpiese, de forma automática durante la noche, para no perturbar el descanso de los ciudadanos y en evitación de molestias. Mientras el reloj continuaría dando las horas de forma tradicional.

Otra novedad que se incluyó fue poder cambiar y escuchar otras melodías por medio de un teclado manual. A través del mismo, por un sistema de amplificación, se permitía la reproducción por altavoces, magnetófono, tocadiscos, cassettes…

Las obras, en su conjunto, de restauración y reforma de la Torre de Mangana se dilataron sobre el tiempo previsto, persistiendo el andamiaje colocado y sin ver terminadas las obras. Estaba proyectada para una duración de cuatro meses, motivo que dio ocasión para que el Diario de Cuenca (26-8-1971) en plenas fiestas de san Julián, con tono humorístico, no exento de crítica, se comentase con este trabalenguas “Mangana esta andamianada, quien la desandamianará, aquel que la desandámie, buen desandamianador será”.

Durante tiempo el reloj permaneció silencioso y callado, aunque eso sí, serviría para que ese año, el Día de los Inocentes, se publicase en el periódico de Cuenca una fotografía trucada con la torre y andamiaje inclinado, con este título: “Se hunde Mangana”. Ese mismo mes el Pleno de la Corporación Municipal anunciaba que estarían acabados los trabajos en el verano de 1972, aunque no lo aseguraban.

Por fin la Corporación Permanente Municipal, en octubre de 1972 se da por enterada de las actas de recepción provisional de las obras de “Ordenación de la Plaza de la Merced e itinerarios de acceso a la Torre de Mangana” y “Restauración y reforma de la Torre de Mangana”, con esta apariencia militar que contemplamos y según el ayuntamiento suprimido el pastiche árabe, dignificándosela para que presente aspecto de torre de defensa.

Ahí está enhiesta rodeada de otras historias, adornos y obras que no voy a comentar, al tiempo que recuerdo aquellos versos que le dedicó el escritor y periodista conquense, Enrique Domínguez Millán.

 

De sueños y desvelos se circunda,

de memorias y olvidos se reviste,

de gozos y tragedias se estremece.

Cumbre de la ciudad, mástil altivo,

airoso pararrayos, torre etérea,

siempre erguida, en tensión, siempre en vigilia,

centinela es de Cuenca y de siglos.